17 Oct. 2021
Es la paciencia la virtud de los desamparados.
Las palabras dolorosas,
no son tristes, son ajenas.
Son la semilla de las dudas que aparecen en la cama.
Son el quizás, el puede, el luego.
Son el juego
indiferente de quien puede
pero no quiere.
Y eres tú sentada
expectante a quien llega después a ti.
Son las amargas esperas.
Desesperas.
Porque todo nuevo intento es desesperado.
Es la paciencia la virtud de los desamparados.
Las tan bonitas excusas
que se destapan con el tiempo,
como el polvo que soplan sobre lomo viejo,
contando una historia maravillosa.
Aunque ese final feliz no es tuyo,
pero solo con los ojos
escuchas palabras de otros amores.
Solo estás en un desván lleno de mierda,
mitificando las desventuras de tu vida,
volviéndote menos de papel y más de cuero.
Es una mentira,
que el amor es impaciente,
pero se devora a si mismo,
para llegar a su final.
Y entonces llega el quizás, el puede, el luego.
Y te retuerces pensando
en como volver al capítulo primero,
volverte papel y ser estático.
Pero ya has leído:
¿Qué tumbaría a un ejército de amigos,
y bailaría sobre la tumba de tu propia autoestima?
Pero ya has leído:
El amor es envidioso, terco, caprichoso.
El amor es un demonio que enferma tus buenos hábitos
y destruye la cordura.
Pero ya has leído:
Es la talentosa tortura
del tiempo que pasa entre dos hechos.
Cuando te enamora
y cuandon debes dejar de estarlo.
Y desde esa tristeza infinita,
Desde todos los traumas
subyacentes en cada mala cara.
Existe ese atisbo de paciencia
más que de esperanza,
más que de calma.
La espera al cambio.
La espera al retorno.
Lo vuelves a esperar, el quizás, el puede, el luego.
Pero si el amor es un libro,
y ya lo has leído,
es más lineal que doloroso.
Nunca retrocede,
incluso cuando decidimos perdonar,
Estamos esperando a perdonarnos a nosotros.
Esperas un quizá, un puede, un luego.
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