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sábado, 29 de noviembre de 2014

La chica resaltada como "Noche en un rellano de Madrid"

No querría contarle a los desconocidos que conocí a mi amor una noche cualquiera, en la que no hacía demasiado frío y las calles aun tenían huellas de lluvia, que yo estaba borracha y que perdimos el último metro, acabando al final en un bar en el que pagué por escuchar una música horrible, que además bailé, y un chico-mucho más borracho que yo- hizo cumplidos a mi pelo recién teñido, luego le di la espalda para que se fuera, y que volvió. Alicia decidió empezar a hablar con un chico mucho mayor que ella-no tengo ni idea de porqué- y que terminamos hablando con sus amigos, y yo le conocí sin querer, y justo después le presenté a Daiana (ninguno hizo mucho hincapié en conocerse). 
Para colmo, a las tres en punto encendieron la luz, yo le pegué el segundo trago a la petaca de ginebra, y la guardé furtivamente en el bolsillo (Me manché la falda nueva), al final terminamos en yendo por el medio de Gran Vía a un garito, al menos fuimos hablando, " Eres de Valladolid,¿en serio?" pero dejando todos los tópicos y prejuicios fingidos, conseguí que te fijases en mi. Me gasté el dinero de todo el mes en entrar a una discoteca, y Alicia desapareció ( encima que fue culpa suya).
No tengo ni idea como, oí un " ¡Cambio de pareja!" y empezamos a bailar juntos- eras un pésimo bailarín- pero me encantó tu voz rota cantando canciones antiguas, algunas las cantamos juntos. En fin, al separarme de ti en un baile nos besamos, casi como si fuera sin querer, y fue un beso perfecto, entre el sabor a ginebra, a whisky  y a ti. No pudimos contener, lo que fueron una ronda de besos desmedidos contra una pared repleta de vasos que rompimos- adiós a las copas de consumición a cinco euros- y mis amigas se sentaron y sus amigos desaparecieron, y decidí hacer lo mismo con él en dirección a la calle. Nos dimos besos furtivos y caí en tu altura perfecta para que recibieras besos en el cuello. Luego a mi casa en metro, pero de tantos besos nos pasamos de parada, y a su hotel en tandas de sus labios contra los míos. Que pelo más suave entrelazándose en mis manos heladas. Y en el metro conocimos al más borracho de la noche que nos confundió con una pareja de tres años enteros- ojalá- y él descubrió que tenía dieciocho, yo que tenía veinticinco. Siete años son muchos años, pero nos dio igual y descubriendo que no había habitaciones en los hoteles yo me negué a hacerle pagar cuarenta años, y fundimos el rellano.Yo abría los ojos para ver los suyos cerrados, Nos encendimos demasiado para separarnos como si nada cuando oíamos el ascensor, Las ancianas a veces asomaban la cabeza, al final entre tantos, dijo que ahi no nos podíamos quedar y tu me arrastraste hasta la habitación dende estaban tus amigos y en el espejo vi mis ojos rojos y mi cara de zombie-por los dioses del cielo-
Luego cuando me acompañó a la parada, nos reservamos pocas frases para regalar al otro, yo no quería marcharme, yo quería dormir con él, y le solté " esto es nuevo para mi, nunca he hecho algo así" y tu con desdén soltaste "Que honor ser el primero" me di cuenta que yo era una cria en tu comparación, y pareció darte igual, yo parecí ser solo una "noche en Madrid" ¿cuantas veces habrías hecho algo así?
Le sentí perfecto, y te di un beso, resalté de nuevo eso, le di mi numero, él un toque y nos despedimos, pero le detuve y le besé. 
Sentada en los asientos azules del metro de barras verdes, comprendí que podría ser él, y que seguramente sería la única noche que me permitiría besarlo como si fuera mío. Que no lo sería jamás y que seguramente no le volvería a ver, y rompí a llorar, inundada por una tristeza que no comprendí.
Porque nunca supe ponerme unos límites que no dudaba en propasar. maldita sea, podría haberle querido si no supiera que se iría las dos y cuarto en punto en un tren hacía Valladolid, que yo solo era para él un desliz en una noche fuera de casa, que él a mi no( en resumen).
Y porque no quería contar a los desconocidos una historia así, nunca serás mi amor, nunca seré tu amor, no vas a protagonizarme. 
No pienso quererle.
¿Cómo solía llamarse el personaje de aquel libro?
¿Kip por poco?Sí. "Kip por poco"
Maldición.
¿A caso no ves que creía estar esperándote a ti?
¿A caso no sé que no vas a estar en el metro mirándome?
¿A caso existe aquel?
Maldición


sábado, 15 de noviembre de 2014

Para todas aquellas cosas, que nos desencajan.)

Para aquellas cosas que nos desencajan, que se nos desencajan:

Por si alguien lee esto (si es que alguien lo lee), y no me conoce (si es que alguien me conoce lo suficiente), mi despertar no es como el que la gente suele tener, yo no me enfado al despertarme, no me emboto al despertarme, no me duermo al despertarme, no me invito a despertarme...
Yo me despierto con la mandíbula desencajada.
(Cada mañana)
Al principio, duraba días el dolor, y por arte de magia en un momento, con un crujido ensordecedor, volvía todo a su sitio (hasta la mañana siguiente).
Luego queriendo desesperadamente que el dolor amainara, me retorcía la cabeza en pos de medicina, a veces simplemente persistía todo el día, embotando mi oído derecho y sin que yo pudiera abrir la boca ni para bostezar. Otras, funcionaba y se encajaba, haciendo que los pinchazos se turnaran, (hasta la mañana siguiente).
Finalmente, conseguí que mi mano fuera lo suficientemente diestra para que, cada mañana, nada más levantar los parpados, y notara el dolor, encajara mi muñeca en el hueco que se tiende entre la garganta y el mentón, con la cara levemente torcida, y empujara hasta que sonase  "clack", y bendito "clack". El dolor solo me hacía agonizar unos minutos (hasta la mañana siguiente).

Pero esto no ha convivido conmigo desde siempre, solo desde que estoy preocupada, y mi dientes rechinan, frotándose unos contra otros con ganas, como si mi boca no quisiera contar nada de lo que mi mente quiere hablar, y al final se enquista, y me duelen los crujidos, los pinchazos, los bostezos...
Lo bueno, es que el dolor, así como viene, se va, pero las preocupaciones no. Y yo por la noche soy menos dueña de mi, y enarco la mandíbula hasta que necesite engrasarse.
Mi boca lo intenta, pero no todas las veces lo consigue, y sin querer, mientras sueño, alguna preocupación se escapa entre los dientes rellenando los huecos del silencio.Yo no recuerdo haberlo dicho, pero mi boca fiel de mi, me aconseja cada mañana:
"Calladita, estás más guapa"

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Donde paramos el mundo

Como se esconden tus diminutos ojos cuando sonríes. La forma patosa en que se mueven tus pies. La delicadeza con la que abres tu mochila de cuero, y la vuelves a cerrar. La voz suave y los gritos tres tonos más abajo. Los suspiros exasperados a mis comentarios. Tu humor agridulce. Tu lengua viperina. Y tu ironía. Tu maldita ironía. Esa inaguantable tranquilidad con la que miras la vida, y si embargo estás a mil millones luz de mi, que intento alcanzarte con mi impaciencia, pero no lo consigo.

Tú eres mi igual en el mundo. Eso es algo muy raro, creer que de verdad alguien está en completa conexión contigo, que puedes hacer cualquier cosa, contar cualquier cosa, perder cualquier cosa, y seguir exactamente igual.
Todo gira, y tú consigues parar mi mundo, para que pueda respirar.
Y ahora no estás, y a veces me ahogo.


Todo se pausa en un instante, y tú con tu ironía, tu maldita ironía.

(Pero como la hecho de menos).

pero nunca más.

Podría bajar del escenario con incertidumbre. Pero nunca más.
Podría perder la dignidad sin decir nada. Pero nunca más.
Podría decidir odiar. Pero nunca más.
Podría elegir pelear. Pero nunca más.
Podría tirar los besos en un portal. Pero nunca más.
Podría buscar los parecidos. Pero nunca más.
Podría decidir que sí. Pero nunca más.
Podría no sentir nada. Pero nunca más.
Podría mentirme. Pero nunca más.
Podría rechazarte en el ascensor. Pero nunca más.
Podría decidir que no.Pero nunca más.
Podría volverme loca colgada del teléfono. Pero nunca más.
Podría envolver mis sentimientos en papel y lanzarlos lejos. Pero nunca más.
Podría evitar las manos frías una y otra vez. Pero nunca más.


Y luego llegas tú, con tu abrigo negro, y tus zapatillas naranjas; Retirando tu mirada sin confesar el crimen, evadiendo las preguntas, sin respetar los límites. Desquiciando mi cabeza, sin saber si eres héroe, o eres villano. Con tu falta de modales y tus respuestas de caballero.
Y sin certeza de lo bueno a lo malo, araño la superficie sin que des nada a cambio.
Me revuelvo intentando acercarme para entenderte.
Podría ser que fueras él.
Pero nunca más.

martes, 7 de octubre de 2014

Animal herido

Para María Álvarez de la Fuente por su cumpleaños número diecisiete,para que, espero, entienda lo mucho que me importa estrujando mi deseperado cerebro en pos de una historia que la convenga.
Espero que la disfrutes.
LAS VECES QUE LA VI, HASTA QUE DEJÉ DE VERLA:
La primera vez que la vi, tenía el pelo mucho más alborotado que las demás niñas, no solo es que estuviera despeinado o sucio, simplemente se podía notar, que su pelo se revolvía en ondas revueltas e indecisas. La mitad de las personas en aquel pueblo eran o pelirrojas o calvas, no era costumbre ver por allí un hombre con más de cuarenta y todo el pelo en la cabeza. Era un lugar perdido de la mano de cualquier dios, escondido entre las montañas, con una temperatura nunca superior a los 15 grados, la comida era dura y grasienta, el clima frío, el aroma cargado por los bosques de pinos y los rebaños de ovejas. Es por eso que yo nunca entendí porque mi padre se seguía empeñando en volver cada verano, y cada vez que le preguntaba, solo me respondía,”…es aquí donde nació tu abuelo”. Odiaba aquel lugar, yo provenía de la costa, con un aroma salado y una brisa cálida, sin aquella presión en los oídos y las constantes precipitaciones… lo único que me gustaba, es que, si el cielo decidía despejarse, al caer la noche, las estrellas brillaban con fuerza, y donde yo vivía, rara vez se veía una estrella lejana…
Las primeras veces que entré en el palacio de mi abuelo, era tan solo un niño, y solía sentarme en la balaustrada del salón, y decirme, que todas las montañas eran suyas, cada rinconcito verde y cada pino, y que era por eso que él era también de aquella tierra. Yo no entendí esas palabras, que más tarde mi padre nos dijo a mi hermano y a mí cuando mi abuelo murió, hasta que pasó mucho, mucho tiempo, y fui yo quien las heredé.
Cuando ya decidí rendirme al hecho de que pasaría cada verano de mi infancia y pubertad allí metido, salí del castillito y me encaminé hacia el pueblo, y en mi concepción de gente huraña, desagradable y maleducada, me sorprendió encontrarme a personajillos más bien cercanos y amables, risueños y alegres, siempre en movimiento.
Al tercer día conocí a Samuel, el hijo del doctor, un muchacho más bien torpe y tranquilo, siempre observando con esos dos ojos redondos y enormes. Fue decisión de nuestros padres el encontrarnos, ya que ambos estaban de acuerdo en que debíamos ser más sociables, juntarnos con personas de nuestra edad. No era mucho más mayor que yo, pero era muy delgado, andaba como si alguien le siguiera, girándose constantemente, con los pies juntos los brazos cruzados y los labios prietos. Desde fuera me pareció un paleto desgraciado, hasta que abrió la boca, y descubrí que ya era mucho más listo de lo que yo podría llegar a soñar nunca, me pareció incluso pedante, pero lo gracioso es que, nos unió el hecho de que odiábamos aquel pueblo, y terminamos siendo amigos, y cuando los males se comparten, suelen ser más llevaderos.
La segunda vez que la vi fue tres años más tarde, yo contaría trece años y ella solo nueve. Sam y yo jugábamos al dominó sentados junto a la fuente, cuando descubrimos a un grupo de niñas gritonas y alteradas. Nuestras tardes eran lo suficientemente aburridas como para acercarnos a entender lo que ocurría.
-¡Eres una bestia!- dijo una entre sollozos, y otra a empujones salió de entre el grupito, haciendo una mueca.
-¡Ha sido solo culpa tuya!-Dijo ella con un tono de burla.
-Era solo un corderito- dijo una de las más pequeñas. Luego fueron gritos entremezclados, acusaciones, patadas y tirones de pelo, que terminaron por aburrirnos incluso más, y volvimos al dominó, junto a la fuente. Cuando el grupito se cansó de perseguirla alrededor de la plaza, y se fueron, ella exhausta, se acercó a dar un par de lametazos al chorro de agua de la fuente. Moví una ficha. Pero Sam se quedó inmóvil mirándola.
-¿Te han hecho daño?- Se levantó, y yo intenté retenerle con la mirada, sin conseguirlo.
-¿Sam?-Dije con un tono entre sorprendido y acusador. Nunca solíamos mezclarnos, hablar ni interactuar con nadie, y no me gustaba que rompiera esa norma…
-Vaya…estás sangrando- Samuel se acercó a la niña, la examinó, unas cuantas veces la rodilla, antes de hacer nada. Yo me levanté y anduve hacía ellos muy despacio, con cautela.- ¿te duele al andar?- La tocó tras la rodilla, y ella negó con la cabeza, sin separar la mirada de él.-Entonces solo es un rasguño, con que la laves con agua y jabón y la dejes secar al aire, bastará- Ella asintió y le regaló una sonrisa, fea y desordenada, con los dientes demasiado grandes y separados para esa boca diminuta, que al mezclarlos con su aspecto desaliñado y su pelo alborotado, me regaló una imagen bastante terrible de si misma.-Y dime… ¿Qué le hiciste a esos niños para que quisieran matarte?- Ella esperó un segundo antes de hablar.
-Pues…verás, le pegué una patada a su corderito, tan, tan fuerte que calló ladera abajo y se rompió las patas- puso una mueca gloriosa.
-¡Que horrible!-Sam se levantó, haciendo a la niña más menuda, debido a la diferencia de altura entre ambos.
-¿Por qué dices eso?- Le miró con esos dos ojos castaños grandes y expresivos.-Ahora ese cordero será carne de puchero…- ambos se quedaron mudos como si el aire no corriera entre ellos, se quedaron tiesos, ella con cara desafiante y Sam intentando comprenderla, fue tan extraño, que comencé a reir, a reir a carcajadas.
-¡Carne de puchero, dice la enana!- Y reí aún más fuerte. Cuando me recompuse, ella me tendía una mirada directa y cortante, que me enmudeció.
-¿Quién es ese, Sam?-Le preguntó a mi amigo, sin dejar de mirarme.
-¿Eh…? como, ¿es qué os conocéis?- Dije desconcertado.
-Ai pues claro, él es el hijo del doctor, todo el mundo le conoce…- Sam suspiró mientras asentía con expresión abatida.-¿Pero quién carajo eres tú?.
-Pues el hijo del señor…- Sam hizo algo parecido a una sonrisa, pero torpe.
-¡No jorobes!-miró a Sam y este la asintió, cuando me volvió a mirar, me sentí un tanto avergonzado.
-¿Y se puede saber que te hizo ese pobre corderito?- Dijo Sam cambiando de tema.
-¡Se comió mis ramilletes!-resopló- Malditos engendros peludos, quien puede fiarse de esas mascaverde- como si fuera obvio- que tiene que venir a mi casa, a zampar lo que no es suyo… ¡no tendrá monte largo ni na!- Parecía ofendida.
-Pues ahora tu llevas lana…- Dije como intentando defenderlas, sin tener un motivo aparente…
-Pues tú no te acerques mucho por ahí parriba, no vaya a ser que te “tropieces” tú también y te rompas las dos patas…-El comentario me descolocó, porque no solían tener ese descaro conmigo, debido a mi estatus social, y menos en el pueblo. Cuando ya estaba bastante lejos de nosotros la grité:
-¡¿A caso es eso una amenaza, paleta?!- pero no respondió ni siquiera hizo el amago de girarse, solo se podía ver sus rizos naranjas y alborotados rebotar en sus hombros mientras subía la cuesta hacía el pinar…
Los años siguientes, la vi de forma intermitente, recogiendo agua en la plaza, junto a la panadería, vendiendo flores… Sabía pocas cosas de esa niña, sabía que era hija de uno de los tantos leñadores de aquel pueblo, sabía que vivía en lo más alto de la pineda, que era amable con todos excepto con los pastores, los niños y conmigo. Sabía que era pelirroja y que odiaba a las ovejas. Las veces que nos cruzamos, solo le dedicó un levantamiento de cabeza a Sam, y una mueca de desagrado a mí. Otras, la veía en la fiesta de la primavera, bailando con sus hermanos, o rara vez jugando con las hijas del molinero. Pero era un personaje distante, que formaba parte de aquel pueblo aburrido…
La cosa mejoró un poco cuando cumplí los quince, y Sam con el tiempo se volvió más sociable, conocía a gente, y salíamos de vez en cuando con ellos, chicos y chicas de nuestra edad, en principio me volví susceptible a aquella idea, pero los días se hicieron más amenos , y con ello llegaron los días en el bar, los días en las casetas de los pinos, y los besos de las chicas por la noche, el vino caliente y las hogueras de la montaña. Incluso comencé a sentirme a gusto, ya no me parecía un castigo merodear por el pueblo, ya no me molestaba el olor, ni las personas, empecé a soportar la comida, y a quedarme más tiempo en la calle. A mi padre le emocionó la idea, y creyó conveniente que el curso de mis diecisiete lo pasase estudiando allí. Y así empezó todo.
Las cosas no eran tan divertidas e irresponsables como en verano, la gente solía trabajar después de la escuela, e incluso Sam ayudaba en la clínica de su padre, y para mí un muchacho tan bien acomodado, los días en el pueblo, comenzaron a ser aburridos de nuevo. Un buen día creí oportuno pasear, cogí el camino más corto hasta los establos, y me perdí, subí por el monte, por el camino escarpado, y terminé en un lugar que nunca había visto, simplemenste rodeado de pinos. Se estaba haciendo de noche, y no sabía cómo llegar a casa, por lo que seguí la única luz que vi, un pequeño destello en el camino, que al avanzar se mezcló con el sonido dulce de una flauta de cuerda, y esa melodía se comenzó a enredar con una suave voz que cantaba :
-“LO INTENTÉ POR TERCERA VEZ, me enfundé mi traje beige, miré al suelo y me santigüé, y te encontré entre los escombros…
Y aunque que quedaba un muro en pie, te vi apoyada en él,
y creo que lo hacías para no perder la fe…”
Unos cuantos acordes de guitarra. Cuando me acerqué, vi que era ella, con su pelo rojo, sentada en la ladera de la montaña, allí donde se ve el valle, las casas posadas como juguetes, motas blancas en los campos de pasto, gente como hormigas moviéndose, y todo bañado por un sol rojo típico del otoño, y con melodía de la flauta de cuerda y su voz suave
“Y tú, con tu voz, tu voz, y tu pálida piel,
Con el brillo en tu pelo de trigo
Pasaste estos últimos, inviernos, al calor de un infierno, construido en el amor
Para acabar en demolición
Me dices: Ahora ya estas advertido, no te fies de un animal herido.
¿Qué iba diciendo yo? Me he perdido…”
Di unos cuantos paso hacía ella, casi sin querer, como si su melodía me atrajera. Y bajo mis pies sonó el crujido de la madera seca, que advirtieron sus dos ojos castaños, ahora posados sobre mí, pero sin parar la canción:
“ Lo intenté siete veces más, quería ver lo que hay detrás
de tu impertubabilidad , y abrir tu puerta de 43 candados,
te adiviné en tu balcón, silbando una larguísima canción…
Pensando: ¿Esto es lo correcto o no?
Así que hice “chas” y aparecí a tu lado…”
Me acerqué con cautela, un poco más, hasta quedar no muy lejos de ella, no muy cerca de la caída de cuarenta metros por la ladera. Intenté sostener sus ojos, pero ella los desvió hasta más allá del valle. Se sentó un poco más cerca del abismo, dejando los pies colgando al vacío. Y sus manos de lado a lado, arañando las cuerdas del instrumento, y por su garganta una larguísima canción…
“ ¿No sabes? ahora ya estas advertido, no te fíes de un animal herido..
Y yo: descuida, te mentí, soy un experto cazador,
¿Lo has visto?, es mi mundo derruido,
Lo que hoy es puro, mañana está podrido,
¿Y qué te iba diciendo yo? Me he perdido…”
Cerré los ojos un momento para centrarme en la canción, en la música y sus palabras, pero sentí vértigo y decidí sentarme.
“Mátame si ya no te soy de utilidad, mátame tras leer el mensaje
Pero ahora me desnudare sin quitarme el traje…
Me he visto: este mundo al derrumbarse, que lo natural es odiarse,
Me dijiste: he de reconocer con cierta convicción
y entonces …entonarse dulces gritos
Comenzó el más viejo de los ritos
¿Fuiste tú? ¿fui yo?
Y añadiste: si lo hacemos tonto mío, pues hagámoslo como es debido.
¿Y cómo es eso? Pregunté
y tú me dijiste: justamente así
¡No! Y paraste, “me lo tengo prohibido”
Y yo protesté empapado, más que aturdido,
y ahora sí que sí, yo, me he perdido…
Porque solo es pensar en ti y acabar perdido
Es pensar en ti y me pongo perdido…
Cuando terminó el último acorde de la canción abrí los ojos de un plumazo, y allí estaba ella, mirándome como si me acusara de mil muertes. Y yo sorprendido, aturdido, intentando encontrar unas bonitas palabras de agradecimiento, pero solo la pude responder:
-Es una canción un tanto grotesca…- Y ella se limitó a resoplar indignada.
-Pues yo creo que es bonita- Apartó la mirada hasta la flauta.- Aunque quizá sea poco fina para el oído de un noble- dijo con tono sarcástico. Yo gruñí.
-¿Es una canción tuya?- Ella comenzó a reír, sus dientes aun eran grandes para su boca, pero quizá no tanto.
-¿Mía?-Puso los ojos en blanco.- Pues claro que no, la oí en el bar trasero, junto a la casa de putas.
-¿Y no eres tú muy pequeña para usar ese lenguaje?-Ella se pasó la mano por el pelo.
-¿No eres tú muy fino, para estar solito en un bosque?-Nos quedamos un momento mirándonos, y luego se levantó, yo también me levanté nerviosamente. Ella se dio media vuelta y comenzó a andar. Yo la seguí- ¿Qué se supone que estás haciendo?- Preguntó cuándo se dio cuenta de mis intenciones. Yo le respondí con un silencio, y una expresión avergonzada.-¡No!-Se comenzó a reír- ¡No me digas que te has perdido!- y carcajada tras carcajada destruyó mi orgullo, por primera vez.-Allí está el camino, señorito- Me señaló hacía el bosque.- Si sigues con la ladera siempre a tu derecha llegarás a casa en menos que canta un sapo…- Me miró graciosa.
Se dio la vuelta y comenzó a andar mientras tarareaba la canción que antes había cantado, una canción, que aunque yo aún no lo sabía, sería una predicción, y aquella chica mi completa autodestrucción.
¿Cómo crecen las niñas tan rápido? Me sorprendí, al hacerme esa pregunta a mí mismo.
Intenté sacarme aquel día de la cabeza, olvidar la canción, su voz, el sol rojo contra su piel moteada, su mirada desafiante e intermitente, sus dientes desordenados, su pelo corto chocando contra sus hombros al andar, y acto seguido olvidarme que aún no era más que una niña de trece años, solitaria y extravagante. Bueno quizá yo era el extravagante…
Ya no paraba de pensar en mi estupidez, ni cuando estaba con Sam, y de aquellas convicciones, empecé a derivar en otras más ambiciosas, como que haría con mi vida, que sería de mí, donde viviría, con quien me casaría. Que ingenuo, como si yo tuviera voto en aquellas decisiones…
Algún día no muy alejado de mi acontecimiento en el pinar, estuve alarmantemente ausente en la conversación que mantenía con Sam, que si ya era insulsa y sosegada de por sí, la hice más meditabunda, y seguramente fuera demasiado, incluso para Sam.
-¿Se puede saber que te tiene, tan sumamente ensimismado?- La suave voz de Sam me sacó de mis pensamientos.
-¿Cómo dices?- Respondí aturdido.
-Hay algo que te preocupa ¿no es así?- Golpeó la ventana, obligando a una de las muchas gotas posadas contra el cristal, derramarse y embestir otras.
-¿Preocuparme…?- Observé la lluvia caer contra la hierba del jardín. Y dejé que respondiera a mi amigo, el chapoteo lejano del agua contra el pavimento.-Tú conoces a mucha gente ¿Verdad Sam?.- Él se limitó a mirarme extrañado y asentir.-En el pueblo, quiero decir…- Asintió de nuevo.- ¿Tú conoces a esa niña pelirroja del pinar, verdad?
-Tendrás que especificar más- Soltó una leve carcajada.
-La que tiró una oveja por las montañas.-Desvié la mirada hasta mis manos, algo avergonzado.
-Cordero, y sí… supongo que hablas de René…- Asentí complacido, al encontrarme con su nombre.- ¿Por qué?- Le miré y me encogí de hombros.
-Tiene una voz bonita. –Me limité a decir.
-¿La tiene?- Volvió a dar toquecitos contra el cristal.- Nunca la he oído…
-Es una niña horrorosa- Dije- Que pena que solo tenga trece…- Al decir aquello, seguí en mis cavilaciones, sin estar plenamente consciente de la cara de asombro de mi mejor amigo, tras haber dicho aquello, le quedó más que claro, que ella me interesaba, aunque ni yo mismo lo sabía…
Pero Sam era así, siempre un paso por delante, y cuando me di cuenta, él ya me la había robado.
El tiempo pasó por mi lado, y prácticamente sin darme cuenta, cumplí los veinte, un día tras otro, un año tras otro, y al final terminé viviendo allí, comprendí lo que mi padre me decía cuando era pequeño, pues al hacerme mayor lo repetía constantemente.
Era el día del festival de la primavera, y yo empecé a escoger pequeñas cosas, decisiones diminutas, en el lugar de mi padre, por la simple razón, de que sería mi papel más pronto que tarde. Había un alcalde nuevo, más joven, y entre su inexperiencia y la mía, andábamos dando vueltas a todo, y sin hacer nada. Era un hombre de treinta muchos, quizá cuarenta, un padre de familia con dos niños pequeños, ordenado y trabajador .Un buen hombre en mi opinión.
La noche de la armonía llegó más tarde que pronto, y entre tantas entregas, detalles y organización, llegó la música y por fin pudimos disfrutar de la tranquilidad de no hacer nada. Me escabullí entre las personas que taponaban la puerta del ayuntamiento, y seguí el sonido dulce de la música, hasta llegar donde se celebraba la fiesta. Olía a cerveza y vino caliente, a manzanas de caramelo y a pino, sobre todo a pino, pues seguramente las tres cuartas partes de las personas de la fiesta llevarían ese olor impregnado a la ropa, al pelo e incluso la piel, la otra parte, olería a oveja.
El recinto estaba rodeado de pinos viejos y altos, cuyo tronco no podía ser rodeado por tres adultos. Había farolillos y linternas de fuego colgadas a modo de adorno por todo el lugar, iluminándolo todo con una luz cálida y acogedora. Sonaban flautas de cuerda, dulzainas, liras y trompetas, todo ello adornado por un tambor muy agudo. Había grandes barriles llenos de zumo de cereza, cerveza, vino caliente y aguamiel, bueno cuando yo llegué ya no tan llenos, los niños correteaban con juguetes de madera, y gorritos de papel. Los adultos se debatían entre los que estaban sentados alrededor de la hoguera o bailando en corro, y los jóvenes moviéndose más dispersos, todos ellos con un color rojo felicidad en sus mejillas, y vistiendo sus mejores topas que ahora lucían desaliñadas. Y seguramente fue por eso que cuando llegué nadie se fijó. Ese año parecía haber más gente, que en los años anteriores.
No sé muy bien que cara puse cuando la reconocí, solo que mi cuerpo se paró en seco, y solo oía mi respiración. Tampoco sé muy bien cómo me sentí al verla más mayor, más hermosa, y consecuentemente más solicitada. Bailaba mal. Daba saltos alegres, y vueltas al ritmo de la música, como si nadie la mirara, dejando que su vestido de flores, girara sobre sus piernas, dibujando formas bonitas, subiendo y bajando, mostrando sus piernas, y sus pies descalzos, como mandaba la tradición. La mayoría estaban descalzos.
Me sentí estúpido cuando vi que la mayoría de chicos que la miraba, intentaba captar su atención, acercándose, silbando, o llamándola, pero ella hacía caso omiso. Yo simplemente me quedé allí mirándola brincar y reír, hasta que nuestros ojos se cruzaron, y me reconoció. Me mantuvo la mirada unos segundos, y luego me ignoró, como a los demás, se dio media vuelta y se puso a hablar con los músicos. Alguien me llamó, y cuando me quise dar cuenta ella ya no estaba, se había esfumado.
Mi cuerpo formaba una imagen estática, en medio de toda esa gente en movimiento. Parado, con traje, la chaqueta colgada del brazo, las manos en los bolsos, y la mirada profunda y perdida. La música que comenzó a sonar me sorprendió, era una vieja conocida. La melodía se coló por mis oídos, haciendo que recordara aquel día en el pinar, ella sentada, tocando, cantando, con esa dulce voz…
Y aunque los músicos, solo tocaban la melodía, alguien me sobresaltó por detrás, y al oído me cantó:
“ ¿No sabes? ahora ya estas advertido, no te fíes de un animal herido..
Y yo: descuida, te mentí, soy un experto cazador,
¿Lo has visto?, es mi mundo derruido,
Lo que hoy es puro, mañana está podrido,
¿Y qué te iba diciendo yo? Me he perdido…”
Intenté mantener la compostura, al oír su voz, retumbando mis tímpanos desde tan cerca, mi corazón se aceleró, y mis manos empezaron a sudar, y me quedé quieto, como si fuera una presa acorralada, intentando razonar, intentando que no me lleven mis impulsos.
Pero desde mi cuello, pasando por mi espalda hasta mis manos, me recorre con sus dedos, hasta que se entrelazan con los míos, tira de mí, y al final decido dejarme llevar. ¿Qué podía hacer? Sus rizos rojos iban chocando contra sus hombros mientras me sacaba de la fiesta, y a mí empieza a darme todo igual. No sé si quiera cuanto tiempo estuvimos caminando. Cuando paró, se giró bruscamente hacía mí, y por primera vez desde que la conocía, me sonrió. Y yo ya no distinguía, hasta qué punto las cosas eran reales. Tenía una sonrisa desordenada pero brillante, enmarcada por unos labios finos, que conjuntaban por una nariz chata y unos enormes ojos castaños. Y como un imbécil, reproduje torpemente algo parecido a una sonrisa torcida. E intentando articular palabras coherentes, y decir muchas cosas, todo se me trabó haciendo un nudo en mi garganta, y me quedé callado, con cara de susto, mirando su cara de incomprensión.
-Estás raro- Se limitó a decirme. Tenía razón, ya no era un niño, y me comportaba como si lo fuera. Nadie me había causado nunca una reacción parecida. Vi en su cara una expectación a mi respuesta, e intentando ser amable, volví a hacerlo:
-¿Por qué yo?- El tono sonó como si me refiriera a un castigo, el estar con ella. Y su sonrisa de volatilizó.
-Siempre me estás mirando- murmuró lo suficiente alto como para que yo lo oyera. Bajó la mirada hacía nuestros pies descalzos.- pero nunca haces nada, nunca dices nada, y yo…- Dejó un pequeño silencio, escogiendo cuidadosamente sus palabras- …yo siempre me he preguntado, que es lo que piensas, cuando me miras- noté que se ruborizaba levemente- ¡y bueno! ¡En general de la cosas!- Me soltó la mano, y yo me ruboricé al darme cuenta de que aún me sostenía.
-¿Yo?- Me sentí un poco feliz ¿A caso pensaba en mi de vez en cuando? se limitó a asentir, esperando a que dijera algo más. Tardé un poco- …que yo…esto…pienso…-¿Qué la iba a contestar? ¿Qué pienso en ella? ¿Qué la deseo? Me ruboricé y con el nerviosismo solté-Nada en especial, te miro igual que a las demás chicas- Ella frunció el ceño- no…hay …nada en especial.- Era más que obvio que aquel comentario no la gustó, nada, es más se enfureció.
-¿Especial?, ¿Las demás chicas?- Volvió a regalarme una de esas miradas desafiantes. Yo la sostuve la mirada, un poco extrañado, pero sin decir nada.- ¡Maldito seas! ¡Te vas a enterar de lo de “nada en especial”!- Retrocedí un poco asustado.
Me agarró de la pechera de la camisa y me besó. Primero me sorprendí, luego me abrumé y terminé por sentirme mareado. En principio fue un beso torpe, luego liviano. La empujé y la separé, ella me miró intentando comprenderme, yo la escudriñe el rostro, me fije en las pecas sobre su nariz, en las pestañas rizadas sobre sus ojos, en los mechones de pelo sobre su cara. Tiré mi chaqueta al suelo, y sin parar de mirarla, pasé mis manos por detrás de su nuca, y acerqué su rostro al mío, y comenzamos a besarnos. Notaba su lengua en mi boca, se chocaban, bebiendo el uno del otro, y ella sin soltarme la camisa. Cuando nos separamos, tardé quizá, demasiado en abrir los ojos, pero cuando lo hice, su mirada era acusadora, sus ojos me dictaban, que no era suficiente, sus manos bajaron hasta mis pantalones.
-Voy a hacer, que sí pienses en algo en especial.- Comenzó a desabrocharme el cinturón, y a tirar de él, lo lanzó lejos. Mientras me bajaba los pantalones ella bajó también, y sin parar de mirarme, con esos ojos desafiantes, comenzó a tocarme, y luego a lamerme, cuando se lo introdujo todo en la boca, me empecé a preguntar cuántas veces había hecho algo como eso, para ser tan buena, como aprendió a moverse de esa manera. No tardé en correrme, de lo cachondo que estaba, pero ella se lo tragó, y comenzó a chupármela de nuevo.
-Espera un…- No hizo ni caso, no pude otra cosa que contener mis gemidos al mínimo. La agarré del pelo, mientras su cabeza se movía, mientras me introducía en su boca, con esos labios tan pequeños, y sus enormes ojos, ahora llenos de lágrimas a causa de las arcadas, sin parar de mirarme.- No hace falta que sigas… si no…- y siguió hasta que yo ya no pude más. Al final acabé tirado en el suelo, intentando recoger mis pedazos que aquella niña había esparcido. Ella me miraba desde arriba mientras se limpiaba la cara con mi chaqueta. Yo estaba exhausto.
-Que poco aguante- dijo ella desafiante.- Casi no te he tocado y ya estás ahí tirado jadeando.-Yo sonreí.
-Esta te la voy a devolver- Ella sonrió también. Se acercó y se puso de pie justo encima de mí, sin tocarme, con las piernas haciendo un maravilloso arco, que yo recorrí con mis manos hasta arriba, luego miré bajo su vestido, ella me empujó con el pie, y me dejó en el suelo tirado de nuevo.
-Por hoy ya hemos jugado bastante ¿no te parece?- Y allí, me dejó tirado, jadeando, mientras ella se alejaba en dirección a la fiesta, entonces llegaron a mi nuevas dudas, era obvio que yo no era e primero con el que se había puesto a “jugar”, tampoco esperaba algo así, pero el simple hecho de que se fuera hacia la fiesta, me ponía enfermo, quizá ella ya se había cansado de jugar conmigo, y buscaba una nueva presa.
Al final llegué a un consenso entre mis dos partes enfrentadas, la de las dudas y la del placer, dictaminando, que ya no importaba lo que pensase, aquella chica esa noche me había robado por completo, y que, seguramente, estaría perdido. No volví a la fiesta.
-¡Sam!-Samuel se acercó con una gran sonrisa- ¿Cuándo has llegado?
-Ayer-Se tiró a mis brazos, y nos abrazamos.
-Cuantísimo tiempo- Abrí más la puerta de mi cuarto-Por favor, pasa pasa- Entró en la habitación y se derrumbó en el sofá.
-Esto no ha cambiado nada de nada-Dijo mientras recorría con la mirada el cuarto. Me senté justo en frente con una gran sonrisa.-¿Por qué estás tan feliz?.
-Es que por fin has vuelto.- Sam asintió, extrañado pero feliz.-Necesitaba a mi amigo ya.
-Ya estoy aquí- Dijo en un tono muy amable y cariñoso.
-¿Gustas un poco de té?-Le miré- ¿Algo más fuerte, quizá?- Negó con la cabeza.
-Un té estará bien- Asentí y se lo serví.
-Te veo bien, ¿ya has terminado toda la investigación?- El asintió, y resopló exhausto.
-Tranquilo, ya me quedo-sonrió levemente.- ¿Qué tal la fiesta de ayer?-No pude contener una sonrisa enorme.-Detesto haberla perdido…
-Tranquilo, hoy por la noche habrá más-Le miré con complicidad.
-¿Dos fiestas?-Asentí sonriente- Vaya con el nuevo alcalde y el nuevo señor…
Hablamos de cosas tremendamente banales, pero aun así, la conversación, me pareció interesante. Me gustaba hablar con la sencillez de Sam, con su nerviosismo, tanto quizá, que el tiempo se me pasó volando. Cuando se marchó, bajé las escaleras, salí por la puerta, pensando en que no podría esperar hasta la noche para verla otra vez, y cuando me di cuenta mis pies ya se dirigían sin pensar hacia la pineda…
Cuando llegué, pasaría una hora de la comida, seguí el camino de tierra hacía las casas en hilera, deseando encontrarme por casualidad con ella. La vi en una de las ultimas casas, jugueteando con una figurita esculpida en madera, y un cuchillo para cortar queso.
-Hola- Añadí simplemente. Cuando levantó la mirada, no vi sorpresa en sus ojos, no se movió, no dijo nada, solo se limitó a bajar la mirada y seguir tallando. Así que decidí seguir mi camino. Pero cuando di unos cuantos pasos, ella se alarmó, y me pegó un grito de reclamo.
-¿Ya te vas?- Dijo ahora, con un tono un tanto sorprendido, yo hice un sonido, sin llegar a decir sí.-¿Pero no has venido para verme?-Yo disimule mi sorpresa con una calmada extrañez.
-¿Para qué vendría yo a…?-no terminé mi frase porque las palabras no salían de mi boca, al ver como sus manos empezaban a desabrochar los botones de su vestido. Luego desvié la mirada.
-Pues es una respuesta muy sencilla.-Concluyó ella. Y saltando la valla con movimientos tranquilos se acercó a mí con el vestido a medio desabotonar y susurró muy cerca- Será mejor que vayamos más entrado el bosque, mi madre está en casa y mis hermanos no tardarán en volver…- Intenté resistirme diciendo que yo no quería verla, pero ella había leído entre líneas, y en cuanto a mí, solo me quedé paralizado dejando que ella me arrastrara unos cuantos metros más lejos, donde nadie pudiera encontrarnos, ni oírnos, ni buscarnos, solo nosotros dos y su vestido.
Me dediqué a dejarme llevar. Mi cabeza no funcionaba bien, mi cuerpo se movía a merced de donde quisiera que fuera sin hacer caso a mi mente. Quería enfrentarla y que dejase de jugar conmigo, pero no pude más que andar detrás de ella mientras me embelesaba mirando como sus rizos chocaban contra sus hombros, el contoneo de sus caderas al andar, el sonido de las hojas secas bajo sus zapatos…
Cuando paramos, no me dedicó ni una palabra, solo una expresión sombría mientras me empujaba contra el suelo mullido, poniéndose encima y arrinconándome entre sus piernas y las hojas del suelo, dejando que el silencio me llenara la cabeza de preguntas, dudas, y respuestas dolorosas. Era obvio que yo no era el primero que llevaba allí, que la miraba así, que la quería tocar así. No pude otra cosa que volverme loco de celos allí mismo en un segundo, sin decir nada, ni tocar nada, solo observando como ella seguía quitando sus botones hasta dejar el vestido como una camisa desabrochada, y entonces simplemente no pensé nada. No hice nada, y nos quedamos mirándonos el uno al otro, intentando comprendernos, pero no surgió efecto, y ella recurrió al enfado primero.
-¿Es que no vas a hacer nada? ¿Solo vas a quedarte ahí mirándome?- Yo no entendí muy bien que es lo que quería decirme, mientras yo me acababa de dar cuenta de que no llevaba nada bajo aquel vestido y que estaba totalmente desnuda, encima de mí, apretando sus muslos contra mis caderas. Y mientras ella luchaba para quitarme la camisa con cara de ofensa, yo noté como el calor que empezaba a invadirme, se concentró en mi entrepierna.- ¡Por fin!- Dijo indignada mientras abría mi camisa para examinar mi torso desnudo-Ya estaba empezando a pensar que ni si quiera te ibas a poner duro, solo te ibas a quedar ahí como un mueble, mientras yo intentaba ponerte cachondo.- Comenzó a bajarme los pantalones y la ropa interior, hasta dejarme solo con los pantalones y la camisa.- Menos mal que mi amigo ha decidido hacer algo al respecto- dijo con tono de reproche refiriéndose a mi pene. Ella se deshizo del vestido, y se puso encima.-Ahora voy a oír tu maldita voz aunque me cueste la vida.- Sin vacilación, me cogió y me introdujo dentro de sí misma, con delicadeza y poco a poco, dejando que ambos sintiéramos el primer contacto con el otro, entré dentro de ella. Solté un grito ronco y ahogado cuando me acogió en su vientre entero, sin moverse ella resopló muy suavemente dejando caer su cabeza hacía atrás. Sin poder aguantar más el deseo de tocarla, me agarré a su cadera y solté sin pensar:
-E-estoy entero dentro- Ella me miró, y yo intenté levantarme, pero ella me detuvo, cortante y decisiva, yo no entendí por qué no me dejaba acercarme a su boca, y simplemente comenzó a moverse muy lentamente, al principio haciendo círculos, luego avivando el ritmo, arriba y abajo, arriba y abajo. Cuando desde mi perspectiva vi sus diminutos pechos tambalearse al vaivén de nuestros cuerpos, me encendí del todo, y fui yo quien tomé las riendas, acelerando quizá más el ritmo, y cuanto más nos mirábamos fijamente, más quería oírla gritar, así que deslicé mis manos a su espalda, y con un tirón, de obligué a tumbarse encima de mí, pegando nuestros cuerpos, y comencé un ritmo incluso más frenético. Mi cuerpo y mi mente, se llenaron de ella, me aferraba a su espalda mientras la follaba, mientras notaba como nuestras caderas comenzaban a chocar más y más rápido, nuestras respiraciones también se agitaban, podía oír sus gemidos en mi oído, tan cerca que parecían rebotar en mi cabeza, y ya no distinguía que era arriba y que era abajo, solo podía cerrar los ojos y dejar que las dudas y la frustración me atormentaran, intentando que un pensamiento no se colara por mi mente, que aquello que estaba empezando a sentir por esa niña insolente, fuese amor…
Al llegar la noche, Sam y yo fuimos a la fiesta, y el ambiente era exactamente el mismo que el de la noche anterior, con la misma gente, la misma música y la misma luz. Una noche cálida y sin viento.
-¿Se puede saber por qué tienes esa cara de tonto?- Yo le miré extrañado y luego me reí un poco avergonzado.
-Estoy con una chica-Samuel me miró con los ojos como platos.
-¿Y quién es?, ¿Por qué es del pueblo no?-soltó de repente.
-No creo que ella quiera que lo vaya diciendo por ahí…-Sam no se quedó satisfecho con aquella respuesta, e intentó sonsacármelo unas cuantas veces a lo largo de la noche, pero yo no cedía, solo estaba atento a cuando llegaría ella con su vestido de flores a dar vueltas y a acercarme a mí, para llevarme lejos, pero no apareció, con el tiempo, todos se fueron a casa, incluso se fueron los más borrachos, y al final, solo nos quedamos la botella, mi cabeza y yo, en toda la plaza, con el sol amaneciendo y el rocío sobre las flores.
* * *
Pasaron dos semanas hasta que me digné a bajar a la plaza, y no por ganas, es porque me extrañó que Sam no apareciese por mi casa en tantísimo tiempo, y preocupado me dirigí a su casa, y su madre solo me contestó,
“pensaba que todas estas tardes había estado contigo…”
Cuando salí de la consulta, me senté en un banco, completamente en blanco, pensando que quizá Sam estuviera con alguien, ¿Pero con quién?, luego con miedo llegué a la conclusión de que yo ya no era para él su amigo, y me sentí ansioso, preguntando qué habría pasado, qué había hecho. Y después de pasar unas horas dando vueltas por la plaza, caí en la cuenta, de que tampoco la había visto a ella, y que quizá si él no iba a verla ella no iría a por él, que quizá le estaría esperando, y dejando a un lado el pensamiento de “Samuel” me dirigí por enésima vez hacía el pinar, intentando encontrar consuelo a mi tristeza, en su hombro, en su pelo rojo y rizado, en sus ojos grandes, en su piel con pecas, en su cuello, en sus finos labios, y en sus brazos, que gracia, que al llegar al lugar donde nos solíamos ver, la encontré a ella, con sus brazos rodeando a otro, con sus labios besando a otro, y lo más gracioso de todo, es que era mi mejor y desaparecido amigo, misterio resuelto.
Como era mi costumbre, quise gritar, explotar o matar a alguien, pero me limité a quedarme allí parado, sin sentir ni mis pies ni mis manos, con una sensación mezclada entre rabia e ironía, buscando un punto con el que reaccionar, pero solo me quedé observando, como Sam evadía mi mirada mientras ella se vestía despacio, viendo el sentimiento pesado de culpa en la mirada de mi amigo, y el de indiferencia en la suya. Simplemente me quedé totalmente paralizado, incluso más de lo normal, intenté borrar aquella imagen que me estaba volviendo loco, intentaba pensar que eso no había pasado, intentaba no darle importancia, intenté mediar palabra sin conseguirlo. Aquel minuto se me hizo eterno, mientras me dedicaba a comprobar, que no solo Sam había estado con la mujer que sabía que amaba, si no con aquella con la que él estaba consciente que yo mantenía una relación. Y quizá fue eso lo que me decepcionó, porque yo a ella no pude mirarla. y
Pero después de aquel paréntesis cometí el peor error de mi vida.
-Si tú….- comenzó a balbucear Sam sin ningún éxito, cruzó nuestros ojos yo luego apartó la vista bruscamente, en señal de vergüenza. Ella comenzó a andar intentando escabullirse, pero mi cuerpo se movió solo y la agarré del brazo, obligándola a mirarme fijamente, e inconscientemente solté:
-Yo… te quiero.- Su cara mostraba que no se esperaba aquel comentario, quizá sí un insulto, una bofetada, una mirada de desprecio, pero sin duda no esperaba que alguien la mirara y la dijese que la amaba. Rompí sus esquemas, y pude oír su corazón resquebrajarse. Cuando la solté se quedó allí de pie, mirándome con los ojos como dos platillos, y yo me limité a mirar a Sam, y concluir mi conversación.- Y en cuanto a ti… que te vaya bien…- Y así con las mismas, me di la vuelta, y me fui, sin mirar sus caras ni una sola vez más, conteniendo la rabia, y luego la ira se convirtió en un picor impotente, más tarde e un dolor abrasador, y por último, una indiferencia gélida y vaga.
Mi error sin embargo, fue sencillo y fatal, perder a mi mejor amigo, enamorarme del dolor.
Los días siguientes, para sorpresa de todo el mundo, me los pasé hablando, preguntando, quizá a todos los que conocía sobre ella, muchos se reían, otros se sonrojaban, y otros simplemente bufaban, diciéndome con palabras o entre líneas, algo que todo el mundo parecía saber y que yo desconocía. En definitiva, comprendí que ella no era conocida por ser una chica tímida, parada, ¿virgen?. Pero el azar parecía en mi contra, porque aunque yo nunca solía ver a nadie, las semanas siguientes, mis encontronazos incómodos con Sam fueron en aumento, y entre los rumores, las acusaciones y mis celos, contuve dentro de mí una rabia con sed de sangre, pero yo tenía una reputación que mantener. A Samuel pareció darle igual aquella situación insoportable, y yo… no podía sacarme de la cabeza aquella imagen en el bosque. Pero a ella no la vi, ¿cómo iba a dejarse ver?
Después de aquello, no esperé nada de nadie, pero con aquellos giros que da la vida, volví a sorprenderme, cuando una noche ella se coló por mi ventana con una agilidad sobre humana, y se me quedó mirando con cara de pocos amigos, buscando algo así como una explicación. Por supuesto, yo no entendí la situación, y volví a bloquearme.
-¿Me debes una excusa?-Soltó con tono de acusación. Y yo me quise reír, pero solo mostré un semblante desencajado y asombrado, solo podía pensar que se reía de mí.- ¿Nunca tienes nada que decir?-Elevó el tono-¿Qué narices estás pensando cabrón egoísta?- y yo empecé a ponerme rojo de ira. ¿Me estaba provocando?
-¿Cómo dices?-Pude notar una satisfacción en su cara cuando oyó mi voz, que me enfadó incluso más.- Quieres que me disculpe después de encontrarte con mi mejor amigo en un bosque mientras…- Tragué saliva y dejé que el silencio recortara el espacio entre nuestras miradas desafiantes.- ¿Es que te burlas de mí?- Dio un paso hacia mí, y yo retrocedí, defendiéndome como pude- ¿A caso quieres destrozar mi mente de un plomazo? ¿Es un plan trazado para que me autodestruya en un manojo de nervios y celos?- Ella se acercó a mí y me agarró por la pechera, estrujando mi camisa.
-Retíralo.- De nuevo aquel desafío en su mirada, remarcado entre un pelo alborotado, amasijo de rizos naranjas y piel moteada, ropa sencilla. Maldita mujer. La miré indeciso, sin saber muy bien a que se refería.- Retira que me quieres.- me agitó, ahogándome aún más. Pero con el valor que nunca tuve, negué muy fuerte con la cabeza, y sus mofletes se hincharon. Niña caprichosa. Luego me fundí en sus ojos castaños, y no sé quién fue el descarado que atacó primero, hasta que nuestros labios se pegaron en una lucha de besos. La agarré del pelo y al oído la susurré despacio:
-Eres tan fácil de odiar, que he decidido quererte.- Y unas extrañas manos temblorosas que nunca había visto en ella, comenzaron a desabrochar los botones de mi camisa, con un rostro ingenuo de quien nadie ha amanecido acompañado. La desnudé sin ayuda, y ella me miraba sorprendida, mientras, yo busqué su cuello, y apreté fuerte su cuerpo contra el mío. Una sensación cálida en una noche fría. No tardamos en llegar a la cama, y fui yo esta vez el que marqué un ritmo bastante tranquilo, saboreando cada pedazo de piel desnuda, controlando sus manos, dictando que aquella noche encapotada, era yo quien la hacía mía. Ella no dejaba de repetir:” ¿Qué me has hecho?” yo la respondía “odiarte”
La mayoría de las noches se volvieron largas a su lado, buscándonos las cosquillas el uno al otro, pero en mi arrebato, decidí que ella no sería la única mujer de mi vida, y seguí una rutina un tanto mujeriega. Comencé a sentir que el dolor que nos causábamos se incrementaba cada día un poco más. Las oleadas continuas de celos, furia y sexo, nos descontroló, llegando a un punto en el pueblo entero, con el pasar de los años, se escandalizó de nuestra conducta hasta llegar a oídos de mi padre…
-Tienes que casarte, ¿lo entiendes?.- Me retorcí en el sillón.-Esto es una necesidad.
-Aún es pronto para eso- quise hacer de su declaración, una menor importancia.
-¿Pronto? Yo tenía veinticuatro cuando me casé con tu madre.- Me regaló una mirada calculadora.- Tú ya cuentas con treintaiseis , deberías pensar en tener hijos con una buena mujer y…
-Pero yo no amo a nadie que…- Dije interrumpiéndole.
-¡Ya has jugado suficiente a los enamorados con esa chica!- Mi padre era un hombre solemne y tranquilo, no solía levantar la voz. Me quedé callado.- Y no te conviene…
-¿Por qué no es rica?-Dije con desprecio.
-¡No!¡ Ese no es el problema!- Dio un golpe contra la mesa-¡No es su descendencia humilde lo que me preocupa!¡ No es una buena mujer! Es una…
-¿Una que padre? ¿Una puta?- Incluso yo sabía que era verdad. Nunca me casaría con ella, por mucho que la amara, nunca lo soportaría…
-Debes elegir a alguien, y no hay más que hablar. Dejar esta vida. Y dejarla a ella.- Salí del despacho con un semblante oscuro. Debía hablar con ella. Era el ultimátum de mi padre, ¿quién podría regalarle la vida a una mujer así? ¿Quién la elegiría? ¿Por qué?. En cuanto la vi, ya lo sabíamos los dos, que el día del adiós ya había llegado. Y ya no sonreía, ya no me miraba. ¿Estaba triste por tener que dejar de quererme?
-Hola- soltó simplemente.
-Estás guapa.-Dije. Con su vestido de flores, como una casualidad, como un tormento, siempre dolor. Tenía que llevar aquel vestido justo aquel día. Una prenda tan vieja..
-Mi padre me ha advertido.-Me miró triste.- mucha gente del pueblo me quiere fuera. Me ha dicho que me vaya.-cerré los ojos y respiré fuerte, esperando que dijera que se fuera.-No me voy a ir.-Claro que no se iba a ir, ella nunca.- No me importa si me muelen a palos, y me dejan seca.
-No digas eso.-La agarré de la muñeca.-Ni en broma.-Ella se soltó en un arrebato, y al hablar su voz comenzó a temblar.
-¡Lo digo en serio!-me agarró del pelo- ¡ya no me importa! ¡Todo es por ti!-¿Iba a llorar?-Todo es tu culpa…- Ella nunca. Lo decía tan en serio, que era mi culpa. Y mientras la besaba, me mordió. Y mientras sangraba, seguí besándola. Sabor a óxido.
Entre aquellos meses que dejamos de vernos, las cosas se calmaron un poco. Ella no se mencionaba en mi pueblo, ni en mi casa, ni en mi mesa. Pero en mi mente, no había otro tema de conversación. Y para mi padre fue correcto presentarme alguna señorita, joven y bien vestida, con la piel fina, zapatos de tacón, y el pelo bien peinado. Tremendamente aburridas y amables. Una tal Sara fue la elegida. Una muchacha muy guapa y educada, con un buen tema de conversación y refinados modales. Era agradable y tranquilo estar con ella. Pero entre aquella calma ocurrió lo peor.
Una tarde de cielo violeta, ella llamó a mi puerta.
Sus rizos ahora se tornaban en mechones calados que se pegaban en su cara pálida y sudorosa. Al abrir mi puerta no la reconocí inmediatamente, mi primera reacción fue enfado, la segunda pánico. Su ropa estaba goteando sangre, hecha jirones, sus brazos cubiertos de rojo y cortes, descalza y empapada en sudores fríos. Sus manos presionaban la fuga más importante, de la que no dejaba de emanar sangre a través de sus dedos. Tambaleante dio unos cuantos pasos antes de tropezarse, y acabar en mis brazos sorprendidos. Tosió sangre sobre el parqué. La recogí en volandas y la reposé sobre mi cama. Con una sonrisa muy desgastada remarcada entre las cuencas de sus ojos susurró:
-No tenía…otro lugar…lo siento.- Yo la callé para que reservara fuerzas, y la retiré el pelo de la frente, y la di un beso preocupado. ¿Ella pidiendo disculpas?
-Tú solo procura no dormirte, ¿está bien? - Ella asintió agotada.-Yo avisé al servicio para que llamase a un doctor. Pero no a cualquier doctor, uno en quien pudiese confiar.
Samuel tardó mucho en llegar para mi parecer, mientras, yo intentaba mantener su atención en cosas triviales y absurdas. Al final, cuando llegó, el aire se sintió raro, nos dimos un apretón de manos y evitamos las miradas largas.
-¿Qué ha ocurrido?- Dijo con un tono que se columpiaba entre calmado y frío. Yo solo negué con la cabeza, ella comenzó a tiritar. El doctor posó la palma de la mano sobre su frente, luego su cuello.- La ha subido la fiebre a causa de las heridas, y sus pulsaciones bajas por la pérdida de sangre.- Yo intenté calmar mi pánico con algo que hacer.
-¿Qué necesitas?- Dije sin andarme con rodeos.
-Toallas, gasas, agua fría para bajarle la temperatura, una muda de ropa, vendas…-Mis ojos la miraron un segundo antes de salir de la habitación, y me sentí mareado- Será mejor que seas prudente con el servicio, y que traigas tú mismo las cosas.- Yo asentí y me di prisa.
Primero la desvestimos, la lavamos las heridas y el sudor. El agua comenzaba a estar roja, y sentí como se removían mis tripas. Ella respiraba fuerte, tiritaba. Cuando Samuel cogió la aguja y el hilo, el estómago me dio un vuelco, así que me determiné en cogerla de la mano y no mirar hacía aquella herida tan fea.
-Es una puñalada- Terció Sam.- Los demás golpes y heridas, parecen de objetos que la han arrojado, paradas incluso.- Sentí rabia. Eso era en parte mi culpa, por ser tan despreocupado, tan evidente, no protegerla…
-¿Cómo está?- me limité a preguntar.
-Débil, ha perdido mucha sangre…- Nos envolvió un silencio incómodo- Hoy será mejor que descanse, mañana debería tomar líquidos en su mayoría, no moverse demasiado, reposar.
-Bien, gracias, te pasaré tus honorarios en cuanto pueda.- El asintió. Y después de algunos minutos dijo:
-Esto ha sido una advertencia…-Captó mi atención- Ya sabes que la quieren fuera del pueblo…- Yo carraspeé.- Si fuera lista se iría.
-No se irá
-Lo sé. Pero la próxima vez no la dejaran viva.- Yo me removí en el sitio. Y mis pensamientos empezaron a volar.- ¿Por qué fuiste tan estúpido de enamorarte de alguien como ella? Todos la dejamos, pero tú…-Dijo interrumpiendo mis pensamientos.
-Cuidado.- Le advertí.- No deberías olvidar con quien estás hablando, deberías mostrar más respeto.- Me molestó particularmente, que me hablase con aquel tono de confianza.-Hace tiempo que dejamos de ser amigos.-El suspiró y terminó de recoger las cosas de su maletín.
-Lo único que digo, es que esta historia, por el camino que va, no va a acabar bien.- Abrí la puerta con furia, y le mostré la salida, con ferviente hincapié en que se fuera. Cuando cruzó cerré rápido, porque lo que más me molestaba, es que tenía razón.
Cuando me levanté me extrañó que ella siguiera en la cama por la mañana, junto a mí, la vi con algo de mejor color, cuando bajé a por una sopa de pescado, ella ya había despertado.
-Come- La obligué a recoger el cuenco entre sus manos.- No quema.- Tardó bastante en comérsela, pero se la acabó sin mediar palabra, y yo sin dejar de mirarla, luego se quedó un rato sosteniéndome la mirada, y como no dije nada, se acostó a duras penas de nuevo, y se volvió a dormir. Me relajó verla tranquila y con cara de buena, quería que ella fuera mi esposa, si las cosas fueran distintas, si yo fuera distinto, o ella distinta, si las circunstancias fueran distintas. ¿Si yo la dijera de huir juntos, aceptaría?. Era bonito pensar que yo haría aquella pregunta alguna vez, o que ella respondiera que sí, que viviésemos lejos, en una casa pequeña, con un trabajo humilde y tres hijos pequeños. Ser felices. Que gran estupidez. Nuestra historia estaba evocada a acabar en el más puro desastre.
La descubrí intentando a duras penas marcharse del cuarto.
-¿Qué estás haciendo?- Dije con una bandeja enorme de pan, miel y leche especiada en las manos. Ella me miró descolocada, e intento buscar apoyo en la pared. Posé la bandeja sobre el escritorio, y la recogí posándola en la cama sin mucho esfuerzo.
-No quiero estar aquí.- terció jadeando evitando mi mirada.
-Pues estás muy débil- Intenté acariciarla el pelo, sus rizos pelirrojos, ella zafó mi mano. Suspiré-Si te preocupa tu familia, ya he avisado que estás aquí.
-No les importa donde esté- Intentó sentarse, yo la ayudé.
-No digas eso- Me miró un segundo, con la mirada llena de pensamientos y añadió.
-Hace ya tres semanas que me echaron de casa, así que…-Yo me sentí, como ella se sentía, como si algo nos conectara de repente. ¿Dónde había vivido tanto tiempo?, ¿Qué había comido?, ¿Con quién había estado? Mil dudas me colapsaron la mente, hasta que una sobresalió de las demás, ¿Con un hombre? El estómago me dio un vuelco. Me levanté con gestos muy forzados, dejando que no se notaran mis celos florecientes, agarré la bandeja y la posé en la cama.
-Come.- Mi voz salió con una dureza que no quería mostrar.
Mordió un trozo de pan con miel con desgana, y comenzó a darme explicaciones. Algo bastante inusual para ella.-No es cierto lo que he dicho, bueno en parte, sé que mis hermanos querían que me fuera, incluso mi madre dudaba, pero nadie lo dijo, solo notaba que no querían que viviera allí, porque tienen miedo. No quiero que les pase nada por mi culpa, pero…no tenía donde ir, y estuvieron tan expectantes de que me fuera…-Su voz se quebró, ella agachó la cabeza, y parecía que contenía las lágrimas.-Cu-cuando me pegaron-Comenzó con una voz débil-había mucha gente que conocía, incluso gente con la que me había acostado, personas que había rechazado, mujeres entre ellos…-Se quedó callada un segundo, y recostó su cabeza entre sus piernas y se rodeó con sus brazos. Al ver que no decía nada siguió hablando.-Yo, yo no sé porque hago las cosas que hago, solo sé que tú siempre sigues ahí, esperándome, cuidándome- Tragué saliva.- Yo… yo sé que no te merezco, pero yo quiero…-Parecía que estaba agotada. Que estaba llorando. Parecía tan débil, tan vulnerable, que incluso sentí lástima por ella.
-¿Qué es lo que quieres?
-Yo sé que me quieres- Levantó la cabeza de un plumazo y me miró muy seriamente.
-Ya no.- Dije entre dientes. Mentira. La quería tanto que me daba asco a mí mismo, por querer a aquel ser tan repugnante. Ella se quedó muda.
Bajó la mirada y con una voz pusilánime soltó.-No te cases con ella. Por favor. Por favor. Por favor…-Yo me acojoné. No sabía que responder. Estaba descolocado, bloqueado, luego cabreado.
-No puedes pedirme eso.
-Sí que puedo. Y lo he hecho. Porque nos queremos.-Aquella declaración fue el golpe final, a mis argumentos descosidos, no podía rechazarla cuando me decía eso, con aquella cara tan seria. Mi enfado se desvaneció, y sentí una asfixiante felicidad. Pude notar como no hacía caso a los razonamientos lógicos de mi cabeza.
-¿Acaso eres consciente de lo que me estás pidiendo?-Ella se encogió de hombros, luego se recostó sobre la almohada.- El estar contigo, supondría perder todo lo que tengo, y seguramente no ganaría nada. ¿Cuánto tardarías en follarte a otro?- Me empecé a poner nervioso.
-Eso se acabó.- Reprimí el impulso de reírme irónicamente. Y ella asintió diciendo.- Cuando viniste a decirme que todo esto, que se terminaba, me puse furiosa, busqué rápido a alguno para hacerlo, pero no pude. Ya entonces cuando te vi, supe que yo era distinta para ti, ¿pero tú para mí?, no me parecías mejor que los demás. Solo que siempre te callabas, nunca explotabas, nunca contra mí. Intente mucho hacerte enfadar. Incluso con el médico- Yo la miré atónito, repasando y analizando cada palabra que soltaba por aquella boca tan pequeña- Ese día, se podía ver toda tu cara roja, pero en vez de estallar en mil pedazos contra nosotros, me miraste y me dijiste que me querías. Eso sí que me enfadó, y mi obsesión por ti, aumentó. Pensaba que solo eras un capricho, ya los había tenido antes, pero no se desvanecía, cuanto más desaparecías más te deseaba, cuanto más te acercabas más me enfadaba. Eras una droga, pero nada más, cuando dijiste que ya no me tocarías más, no lo entendí, no entendí mi reacción, y luego comprendí, unas horas después que el problema, es que me había enamorado de ti. No soy experta en el tema, pero sé que quiero estar contigo, que tú quieres estar conmigo, que me amas de verdad, no como esas mierdas del pueblo, que solo tú puedes salvarme, y que si no estaré perdida.-Estaba muerto de miedo, contra aquellas palabras, no podía hacer nada. Pero no pude. No confiaba en ella, y como si de un acto reflejo se tratase añadí:
-Quiero creerte, de veras que sí. Pero no puedo.-Su cara era un cuadro. Y con carita de pena comenzó a besarme, intenté no rendirme ante ella, pero fue en vano. Y comenzamos a besarnos, como si fuera la última vez. Siempre la última vez. ¿De cuántos finales éramos protagonistas? Yo era como un drogadicto que recaía una y otra vez. Como si algo me chupara la fuerza de voluntad, cuando ella me tocaba. Pero me dejé llevar cuando se puso encima de mi muy despacio, teniendo cuidado de la herida. Y volvía a besarme, una y otra vez, yo a ella por todas partes. No hubo sexo, por culpa de las heridas, yo no la insistí, ni ella a mí tampoco, solo sé que nos dormimos dándonos besos. Y si no lo tenía claro antes, esa noche lo supe, que yo no estaba bien de la cabeza.
Lo mejor fue cuando mi padre nos despertó a los dos en la cama, con mi prometida y su padre. Gritó unas cuantas cosas, entre ellas que me desheredaba, que ya nada era mío, y que tenía un día para coger lo que quisiera e irme. Y me fui. Al menos nos fuimos juntos, y con bastante dinero para comprarme una casa y alguna parcela con la que sobrevivir. Estuve algunos días en estado de shock, pero no realmente triste. Nos colamos en un tren de mercancía que nos llevó bastante lejos, un par de días y noches comiéndonos el uno al otro en un vagón lleno de paja. Nos bajamos del mareo.
Estuvimos unos meses durmiendo al raso y comiendo poco, lo suficiente para confiarme. No gastando demasiado. Una mañana como cualquiera me desperté desnudo, pensé que era una broma, y la llamé unas cuantas veces, hasta que descubrí una gran nota, de mala letra en la que ponía:
“No es culpa mía que el mundo me hiciera así.
He decidido que es mejor seguir caminos distintos.
No te lo tomes como algo personal, eres majo
Pero era la única persona a la que podía con esa mierda del amor.
Por favor, no me guardes rencor por coger todo el dinero,
Pero es de seguro que a ti te irá mejor para ganar pasta.
Espero que nos veamos por ahí.”
La leí tantas veces, que las palabras dejaron de cobrar sentido. Luego me puse a llorar. Estuve un par de horas sentado maldiciéndola a ella y a mi estupidez. Luego caminé hasta encontrar un puente y perder la razón. Me subí a la barandilla, totalmente desnudo, y ya no noté nada. En mi cabeza, por alguna razón solo podía escuchar aquella canción, que comenzó a recobrar sentido:
-“Lo intenté, me enfundé mi traje beige, miré al suelo y me santigüé, y te encontré entre los escombros…
Y aunque que quedaba un muro en pie, te vi apoyada en él,
y creo que lo hacías para no perder la fe
Y tú, con tu voz, tu voz, y tu pálida piel,
Con el brillo en tu pelo de trigo
Pasaste estos últimos, inviernos, al calor de un infierno, construido en el amor
Para acabar en demolición
Me dices: Ahora ya estas advertido, no te fies de un animal herido.
¿Qué iba diciendo yo? Me he perdido…”:
“ Lo intenté siete veces más, quería ver lo que hay detrás
de tu impertubabilidad , y abrir tu puerta de 43 candados,
te adiviné en tu balcón, silbando una larguísima canción…
Pensando: ¿Esto es lo correcto o no?
Así que hice “chas” y aparecí a tu lado…”
“ ¿No sabes? ahora ya estas advertido, no te fíes de un animal herido..
Y yo: descuida, te mentí, soy un experto cazador,
¿Lo has visto?, es mi mundo derruido,
Lo que hoy es puro, mañana está podrido,
¿Y qué te iba diciendo yo? Me he perdido…”
“Mátame si ya no te soy de utilidad, mátame tras leer el mensaje
Pero ahora me desnudare sin quitarme el traje…
Me he visto: este mundo al derrumbarse, que lo natural es odiarse,
Me dijiste: he de reconocer con cierta convicción
y entonces …entonarse dulces gritos
Comenzó el más viejo de los ritos
¿Fuiste tú? ¿fui yo?
Y añadiste: si lo hacemos tonto mío, pues hagámoslo como es debido.
¿Y cómo es eso? Pregunté
y tú me dijiste: justamente así
¡No! Y paraste, “me lo tengo prohibido”
Y yo protesté empapado, más que aturdido,
y ahora sí que sí, yo, me he perdido…
Porque solo es pensar en ti y acabar perdido
Es pensar en ti y me pongo perdido…
Aquella canción era como una profecía, y antes de tirarme al agua y dejarme morir allí en la corriente recordé : “No te fíes de un animal herido”.
Luego no sé si me morí, espero que sí.

mosto y pan

Es raro, como las cosas lejanas se acercan, como lo viejo se echa de menos, y la forma en la que el tiempo se escapa. Es raro.
Ya no comprendo que me pasa, que hago, donde voy, con quien estaré. Procuro no pensarlo.
Pero sigue pareciendo extraño como todo termina, y en un instante se te olvida, o como queda grabado en tu memoria. Yo no sé de cual de los dos sufro.
Ya no entiendo que te ocurre, donde has ido y que me he perdido.Pero no me siento distinta.
Ojalá pudiera cambiar mi actitud, huir por una vez de las cosas sencillas, dejar que escapen de mi cabeza, y no retorcerme del miedo.
Por una vez, seguir adelante, como siempre, pero sin tener en cuenta las cosas del pasado, y limitarme a mirar el forjado de las alcantarillas en las que pone "Móstoles" y no "león" en letras de hierro, pensando que este no es mi sitio y que lo hecho de menos.

las que razones

Que sentirme así de nuevo, pero sentirme bien después.
Que me perturbe la manera en que me enganchas con tus pies.
Que tus versos más dichosos se encajonen en mi sien.
Que me refleje en tu sonrisa, y sonría yo también.
Que el viento de ventana escoja tu pelo en su vaivén,
que recoja tus lamentos y los convierta en mi saber
Que las mariposas de mi estómago te retuerzan de placer.
Que te enredes con mis manos y yo me cuelgue de tu piel.
Que te quedes esperando y yo te mire desde el tren.
Que seas por las mañanas el pan y la miel de mi café.
Que me quieras sin quererlo y no sepas ni porqué,
que argumente y no te convezcan las razones que te de.
Que solo se trataba de cosas tontas del "te amé".

gracias papa

Me enseñaste a vivir. Y me enseñaste a aprender. A saltar. A hablar. A observar. A preguntar. A comer la comida del plato. A dormir la siesta acurrucada entre tus piernas viendo la vuelta ciclista. A dormirme en el sofá y llevarme hasta la cama. A dejar que las cosas se pierdan. Me enseñaste a llorar. A encender el secador. Me enseñaste a encender la manguera. Me enseñaste los castigos, las broncas y los llantos. A soportar la pataletas. A bailar con los pitufos, a bailar la bomba en el salón. Me enseñaste a compartir. A regar las flores del jardín. A usar los manguitos. A nadar. A montar en monopatín. A ser sincera. A evitar mentir. A hacer paella, guisantes con jamón, a usar el microondas. A apoyar con yogur en mano, el culo en el radiador. A rascarme con la pared. A limpiar un pincel. A recoger. Me enseñaste a pelar las gambas, a cortar el filete. A pensar por mi misma. A limpiar el retrete. Me enseñaste a amar los animales, a respetar a las personas. A jugar a la pelota. A escribir un cuento, de un salero mágico. Me enseñaste la vida desde tus hombros. A calcar con una luz en una mesa de cristal. A fundir el metal. A encender un fuego. A diferenciar lo malo de lo bueno. Me enseñaste el cariño y la furia. La razón y la desidia. Me enseñaste a jugar con el ordenador. A saber lo que es un hurón. A montar un cajón. A ser generoso. A ser honrado, noble y cariñoso. A mirar desde otro lado. A estudiar. A aprenderme las capitales de una forma en particular. A buscar monedas entre los sofás. A hacer un té. Me enseñaste a repetir. A pensar. A equivocarme. A perdonar. Me enseñaste la locura y la victoria. A buscar setas. Me enseñaste matemáticas. Me enseñaste sin querer y a veces queriendo. Me enseñaste que siempre estás conmigo, y a que si un día tu no estás, seguir mi camino, no aparcar lo malo en el olvido, seguir y sonreír, para que cuando por segunda vez suceda ya no te pille por sorpresa, porque a lo vivido, aprendido.
Gracias papá, por enseñarme que siempre tenemos algo que ofrecer, enseñar o aprender.
Te quise, te quiero, y te querré siempre, pase lo que pase, viva lo que viva, aprenda lo que aprenda.
Prefiero saltar de una vez sin mirar, y quiero que tu me sigas

que nubles mi mente y mi vista...

jueves, 21 de agosto de 2014

Ya lo sabes, mamá

¿Sabes mamá?, A veces, cuando tú te escondías tras las cuatro paredes de tu cuarto, yo sentía que estabas triste, y me sentaba en el pasillo, mirando sin luz ninguna, hacia la puerta de madera, imaginando que entraba, con palabras de ánimo en los bolsillos, y te hacía reír. Pero no sabía cómo seguir, solo me quedaba callada y muy atenta por si te oía llorar, y llorar contigo, pero nunca oía nada, y de puntillas andaba hasta mi cama, donde me desplomaba, preguntándome quién eras, y porque te sentía tan distante; Y tras miles de preguntas que me respondías con una negativa, una duda, o un silencio, empecé a comprender que no te conocía, y que quizá tú a mí tampoco, que éramos seres enfrentados, dos personas extrañas que por razones de sangre, se querían, y mucho, que vivían juntas, jugando a la convivencia. No es misterio, que soy muy obstinada, me solía dormir obcecada en soluciones, que solo eran meras quimeras, enfadada, y repitiendo que por qué me tratabas como si fuera una niña tonta, sin consejos. Pero mirando desde más lejos en el tiempo, he descubierto, que en realidad, somos muy parecidas, siempre cerradas a la ayuda, melancólicas, testarudas, e insistentes,  ahora sé que te refugias en un muro sin puertas, para que el dolor no se cuele sin permiso, porque al igual que yo, eres muy frágil, aunque no dejamos que nadie lo sepa, “que nadie se de cuenta, de que la cosa más ínfima puede destrozarnos, pero que podemos saltar el más alto de los obstáculos, y que somos de gustos sencillos, que las cosas pequeñas, las que son invisibles a los ojos, y los pequeños placeres nos hacen felices, que estamos repletas de sueños. Soy un trocito de ti, una visión, quizá más rebelde y menos dulce, pero tuya al fin de al cabo, y que como tú siempre me has alentado a seguir, subir, y adelantar, solo quiero que veas en mi todas tus metas y golpes, que te hagan ser mejor, más sabia, y no más vieja en consecuencia, recordarte, que puedes cumplir lo que quieras, que las restricciones se las pone uno mismo, y que mamá, tú no estás sola, y que si yo estoy, nunca vas a estarlo.

 Te quiere, María.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Adrenalina.10 de marzo, 2013, a las 02:56
Es el sabor de una vida complicada.21 de marzo, 2013, a las 23:07

El instante que sigue a la risa, único e innato 

en cada persona.

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Menos llanto, y más ginebra.5 de agosto, 2013, a las 14:38

¿--recuerdas?

Quien no resurge de sus cenizas es porque nunca se ha quemado.(30 de septiembre, 2013, a las 18:22)
Por favor nada de fuegos descontroladas, de alta tensión, de llamas de amor. Mejor así. Que el aire se las lleve,que no queden, y que no se me quejen
Es el momento en que te paras un segundo y te miras al espejo, y ves algo diferente durante un instante.1 de octubre, 2013, a las 23:38
No diría que es el momento idóneo para celebrar, para reir, para soplar.
Es el momento en que te paras un segundo y te miras al espejo, y ves algo diferente durante un instante. Te ves a ti mismo hace seis años, dentro de treinta. Te agobias. Te supera pensar que es el cual en que te dispones a reflexionar, no es solo el día en el que naces, es aquel que está absoluta e irrevocablemente conectado al día en el que mueres, en el que dejas de contar.
Enumeras recuerdos, locuras, tristezas, objetivos y deseos, lo analizas despacio pero con prisa, intentando hacer menos de lo que ves. Con diecisiete suspiras aliviada, "soy joven", todos creemos en la suerte cuando somo inmaduros, nos vemos dentro de cien años, lo cual está a mano de muy pocos. Ninguno nos damos cuenta, de que en cada esquina se asoma el tiempo, la incertidumbre y la muerte. Sobre todo la muerte. 
Ese momento se esfuma, colándose por el pasado, hasta la puerta de desembarque de tu cerebro, donde un año más te guía con la mano, mostrando una mueca sugerente, viciosa, lenta y retorcida, mientras susurra, "nos volveremos a ver, hasta que dejemos de hacerlo".

Elamornoesloquepiensas

El amor no es lo que piensas...4 de diciembre, 2013, a las 06:18

Polvo cardiaco

Polvo cardiaco.5 de enero, a las 02:32