Cuando mis ojos se chocaron con la belleza de aquel lugar, solo pude pensar en la furia.
Parecía que un dios se había desquitado a puñetazo limpio con el terreno, escarchando las rocas y agujereando el relieve. Dejando los restos del acantilado esparcidos por la orilla, azarosos de los lenhuetazos que les propinan las olas. Y aunque las rocas, caprichosas, cambiaban sin cesar, el agua, tenía una constancia abrumadora, de algo que es más viejo que el propio mundo, y que cuando él mismo trague hasta la última gota de todos nosotros, seguirá intacto, inmortal, sin dejar de luchar contra el sol, y albergando cualquier secreto sin remordimiento alguno.