Las palabras más dolorosas,
No son tristes, son ajenas.
Son la semilla de las dudas que aparecen en la cama.
Son el quizás, el puede, el luego.
Son el juego indiferente de quien puede pero no quiere.
Y eres tú sentada expectante a quien llega después a ti.
Son las amargas esperas.
¿Quien ama espera?
Y desespera. Porque todo nuevo intento es desesperado.
Es la paciencia la virtud de los desamparados.
Las tan bonitas excusas que se destapan con el tiempo, como el polvo que soplan en las pelis sobre ese libro viejo que cuenta una historia maravillosa.
Aunque ese final feliz no es el tuyo. Tu solo eres el que mira palabras de otros amores que no son el tuyo.
Solo eres un tipo en un desvánlleno de mierda, mitificando todas las desventuras de tu vida.
También diría que el amor es impaciente, como quien devora un libro para llegar a su final.
Y entonces llega el quizás, el puede, el luego.
Y te retuerces pensando en como volver a los primeros capítulos, volverte papel y ser estáticos.
El amor es envidioso, terco, caprichoso.
Tumbaría a un ejército de amigos, si hiciera falta le cortarías los brazos al abrazo de tu padre, bailarías sobre la tumba de tu propia autoestima.
El amor es un demonio que enferma tus buenos hábitos y destruye la cordura.
Es la talentosa tortura del tiempo que pasa entre dos hechos.
Cuando te enamoras y cuando te das cuenta de que debes dejar de estarlo.
Y desde esa tristeza infinita,
Desde todos los traumas subyacentes en cada mala cara.
Está ese atisbo de paciencia más que de esperanza, más que de calma.
La espera al cambio,
La espera al retorno.
Pero el amor es lineal y doloroso. Nunca retrocede, incluso cuando decidimos perdonar,
Estamos esperando a perdonarnos a nosotros.