A mi al menos me cautivó el paisaje, las montañas quebradas y el agua igual que un espejo, reflejando cada ápice de cielo azul y nube.
Cuando giré mi cabeza hacia la izquierda, mis ojos seguían mirando, hacia las cuevas que había hecho el mar con su perseverancia. Un arco tan imperfecto como si un dios hubiera desatado su Furia a puñetazos contra el relieve, dejando las rocas esparcidas y muertas, mientras las olas las daban lengüetazos para hacerlas trizas.

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