Si tuviera que contar que es México, no hablaría de sus aguas turquesas y cristalinas. Ni de los chiringuitos de playa. No repetiría lo hermosas que eran las pirámides que anuncian en los folletos de agencia, ni de como se siente nadar entre delfines. Recurriría al exponer mi desencanto con la belleza misma, maquillada por sombrillas y carritos de golf, la frialdad de estar obligado a seguir caminos vallados que te dicen a donde tienes que ir, y carteles de hacia donde tienes que mirar. La servidumbre y la hipocresía de la humildad con aire acondicionado, y el contacto con la naturaleza enjaulada.
Te contaría del calor asfixiante y la humedad pegajosa. De la forma tan amable en que sonríe la gente. La timidez sincera de las personas. La persistencia de la naturaleza contra el hombre. De los carteles verdes de las autopistas y de que vi a tres subidos en una moto. De la calidez con la que te acogen, y las picaduras de los mosquitos. El dolor de las quemaduras y el escozor del agua salada en los ojos. La sensación de agarrarte al las rocas puntiagudas cuando se acercan las olas, y que te asombre ver peces de colores. La sed, el sudor, y lo bien que entra el agua. Los resaltos de la carretera, y la plenitud que sientes al ver el mar. El cansancio de subir doscientos peldaños de roca vieja y despellejada, para llegar arriba de una pirámide donde le arrancaban el corazón a los hombres, y que todo el mundo se fije en la gente bajando de culo. La gratificante visión de la altura bajo tus pies, la brisa, y que tus ojos solo alcancen a ver selva allá donde miren. Y pensar, que quizá, todo tenga salvación.
Lo fina que es la arena, lo extraños que son los monos, y lo caro que están las cosas. Saber que nadas sobre cadáveres desechados, ducharte en medio de la selva, o que te robe el desayuno un mapache. Recurrir a andar descalzo, y que se te pegue el barro a los pies. Lo estúpida que es la gente a veces, y de las carcajadas de compromiso. Ver como te rescatan a siete metros de profundidad. El sabor dulce y pegajoso de la fruta y que descubrir que se puede poner picante hasta los helados.
De México me llevo las sensaciones, las privaciones, los lujos y las comparaciones. La belleza de las pequeñas cosas, las que te faltan y las que requieres. Las experiencias y la lejanía.
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