Yo solía tener siempre bajo mi lengua, tres malas preguntas, y bajo mi manga tres escurridizas respuestas. No me gusta en que me estoy convirtiendo, intento arrastrarme hasta otro camino distinto, pero solo consigo llegar al mismo punto. Y me duelen los pies de caminar, y me duele el alma de no llegar a ningún lado. Al pararme a descansar, veo como las cosas siguen raudas delante de mis ojos, y no puedo equiparar esa velocidad, por eso me imagino un botón de pausa. Me imagino pulsándolo, y que de repente, todo se para, y nada sigue hacia delante, nada retroceda hacia atrás, y todo tiene un lugar concreto, y que me da tiempo de respirar, que luego lo aprieto de nuevo, y el mundo se reanima con sus prisas a cualquier sitio, y absolutamente nada ha cambiado, pero yo he descansado y puedo seguir caminando.
Pero no existe tal botón, porque nunca se para, y si tú te paras, el tiempo te deja atrás con su devaneo. Yo estoy agotada, porque las penas pesan dentro, y no encuentro el lugar donde esconderlas y que paren para siempre. Porque nada se para, tampoco lo hacen las penas.
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